Mahatma Gandhi es iniciado en Kriya Yoga

Mahatma Gandhi

Paramahamsa Yogananda describe su encuentro con Mahatma Gandhi y la iniciación de este en Kriya Yoga. Este texto es un extracto de la Autobiografía de un yogui publicada por Yoganandaji en 1946.

-¡Bienvenido a Wardha! -Mahadev Desai, secretario de Mahatma Gandhi, saludó a la señorita Bletsch, al señor Wright y a mí con estas cordiales palabras y un obsequio de vellones de “khaddar” (algodón casero). Nuestro pequeño grupo acababa de llegar a la estación de Wardha muy temprano, una mañana de agosto, feliz de dejar el polvo y el calor del tren. Enviamos nuestro equipaje en una carreta, y nosotros ocupamos un carro motor con el señor Desai y sus compañeros, Babasaheb Deshmukh y el doctor Pingale. Después de un corto viaje por los lodosos caminos del campo llegamos a Maganvadi, al ashram del santo político de la India.

El señor Desai nos condujo en seguida al estudio donde, con las piernas cruzadas, se hallaba Mahatma Gandhi. Con la pluma en una mano y un cuaderno en la otra, en su rostro brillaba una vasta y cálida sonrisa.

“Bienvenido”, escribió en hindi; pues era lunes, su día semanal de silencio.

Aunque éste era nuestro primer encuentro, nos miramos uno a otro afectuosamente. En 1925 Mahatma Gandhi honró a la escuela de Ranchi con una visita, escribiendo en el libro de visitantes un amable tributo.

El pequeño santo de 45 kilos irradiaba salud física, mental y espiritual. Sus suaves ojos oscuros brillaban con inteligencia, sinceridad y discernimiento; este hombre de Estado se ha enfrentado victorioso ante miles de batallas sociales, legales y políticas. Ningún otro líder en el mundo ha logrado un lugar tan seguro en el corazón de su pueblo como el que Gandhi ha ocupado en millones de iletrados de la India. Estos, en espontáneo tributo, le han asignado su famoso título: Mahatma, “alma grande”. Por ellos únicamente Gandhi limita su vestidura al conocido taparrabo, símbolo de su unidad con las pisoteadas masas que no pueden proveerse de otra cosa.

“Los residentes del ashram están enteramente a su disposición; tengan la bondad de llamarlos para lo que se les ofrezca”. Con característica cortesía, el Mahatma me entregó esa nota escrita rápidamente mientras el señor Desai nos conducía del despacho a la casa de los huéspedes.

Dos horas después de nuestra llegada, mis compañeros y yo fuimos llamados a almorzar. El Mahatma comió chapatis, remolacha cocida, algunos vegetales crudos y naranjas. A un lado de su plato había un montón de hojas de “neem”, conocidas por su sabor intensamente amargo y por su notable efecto purificador sobre la sangre. Con su cuchara separó una porción y la puso en mi plato. Yo me engullí mi porción con agua, recordado mis días de la niñez, cuando mi madre me había obligado a tragar la desagradable dosis. Gandhi, sin embargo, masticó lentamente la pasta de neem, sin revelar malestar alguno.

En este frívolo incidente noté la habilidad del Mahatma para separar su mente de los sentidos a voluntad. Recordé la famosa apendicetomía realizada en él hace algunos años. Rehusando los anestésicos, el santo había charlado alegremente con sus discípulos durante la operación, revelando con su serena sonrisa que no tenía conciencia del dolor.

La tarde nos dio la oportunidad de charlar con una eminente discípula de Gandhi, la señorita Madeleine Slade, hija de un almirante inglés, ahora conocida como Mira Behn. Su rostro firme y sereno lucía de entusiasmo mientras me hablaba en fluido hindi de sus actividades diarias.

Nuestro trío disfrutó de la cena de las seis de la tarde como huésped de Babasaheb Deshmukh. A las 7 p.m., hora de oración, nos halló de regreso en el Maganvadi ashram, subiendo a la azotea, donde treinta satyagrahis estaban agrupados en semicírculo alrededor de Gandhi. Este estaba sentado sobre una estera de paja, y frente a él tenía un antiguo reloj de bolsillo. La atmósfera era como la serenidad misma; yo estaba cautivado.

El señor Desai dirigía un solemne canto, que era coreado por el grupo; luego siguió una lectura del Gita. El Mahatma propuso que yo hiciera la oración final. ¡Qué divina unión de pensamiento y aspiración! Un recuerdo para siempre: la meditación en la azotea de Wardha, bajo las tempranas estrellas.

Puntualmente a las ocho, Gandhi terminó su silencio. Las labores hercúleas de su vida lo obligaban a emplear su tiempo al minuto.

-¡Bienvenido, Swamiji! -El saludo del Mahatma no me llegó esta vez por escrito. Descendimos a su despacho, amueblado simplemente con esteras cuadradas (no había sillas), un escritorio bajo con libros, papeles y algunas plumas ordinarias (no había plumas-fuente), y un fantástico reloj en un rincón. Había en todo una atmósfera de paz y devoción. Gandhi mostraba una de sus cautivadoras sonrisas, cavernosa y poco menos que sin dientes.

-Hace algunos años -explicó-, comencé la observancia de un día de silencio a la semana, con el objeto de tener tiempo para ocuparme de mi correspondencia. Pero ahora esas veinticuatro horas se han convertido en una vital necesidad espiritual. Un decreto periódico de silencio no es una tortura, sino una bendición.

Estuve de acuerdo sinceramente. El Mahatma me preguntó de América y Europa; discutimos sobre la India y las condiciones del mundo.

-“Mahadev” -dijo Gandhi al entrar el señor Desai-, tenga la bondad de hacer arreglos en el Auditorio de la Ciudad, para que Swamiji hable allí sobre yoga mañana por la tarde.

Al darle al Mahatma las buenas noches, él tuvo la consideración de ofrecerme una botella de aceite de toronja.

-¡Los mosquitos de Wardha no saben nada de ahimsa, Swamiji! -dijo riendo.

La promesa de Gandhi de no-posesión surgió en los comienzos de su vida de casado. Renunciando al vasto ejercicio de su profesión de abogado que le proporcionaba una entrada anual de más de 20.000 dólares, el Mahatma distribuyó toda su riqueza entre los pobres.

Shriyukteshwar acostumbraba mofarse con gentil finura de los comunes e inadecuados conceptos de la renunciación.

-Un mendigo no puede renunciar a su riqueza -decía el Maestro-. Si un hombre se lamenta: “Mi negocio ha fracasado; mi mujer me ha abandonado; renunciaré a todo y entraré a un monasterio”, ¿a qué sacrificio mundano se está refiriendo? Él no ha renunciado a riqueza y amor; éstos han renunciado a él.

Santos como Gandhi, por el contrario, no solamente han cumplido sacrificios materiales tangibles, sino la más difícil renunciación a las motivaciones egoístas y metas privadas, fundiendo todo su ser en la corriente de la humanidad como un todo.

La extraordinaria esposa del Mahatma, Kasturba, no hizo objeción alguna cuando él omitió reservar una parte de su riqueza para su uso particular y de sus hijos. Casados muy jóvenes, Gandhi y su esposa hicieron la promesa de celibato después del nacimiento de cuatro hijos. Heroína tranquila en el intenso drama que ha sido su vida común, Kasturba ha seguido a su esposo a la prisión, ha compartido sus tres semanas de ayuno y llevado su parte de responsabilidad sin fin.

Mahatma Gandhi es iniciado en Kriya Yoga

En la noche anterior, Gandhi había expresado el deseo de recibir el Kriya Yoga de Lahiri Mahasaya. Me sentí conmovido por la amplitud mental del Mahatma y por su espíritu de investigación. Es semejante a un niño en su búsqueda divina, revelando esa pura receptividad que Jesús alababa en los niños… “De ellos es el reino de los cielos”.

La hora de mi prometida instrucción había llegado; varios satyagrahis entraron al cuarto: el señor Desai, el doctor Pingale y algunos otros que deseaban la técnica del Kriya.

Primero les enseñé los ejercicios físicos de Yogoda. El cuerpo se visualiza como si estuviera dividido en veinte partes; la voluntad dirige la energía por turnos a cada sección. Pronto estuvieron todos vibrando ante mí como motores humanos. Fue fácil observar las ondulantes contracciones de las veinte partes del cuerpo de Gandhi, casi invariablemente expuesto a la vista. Aunque muy delgado, no es desagradable; la piel de su cuerpo es suave y sin arrugas.

Luego inicié al grupo en la técnica liberadora del Kriya Yoga.

Durante mi última noche en Wardha, tomé la palabra en la reunión que había sido convocada por el señor Desai, en el Salón de la Ciudad. La sala estaba pletórica hasta el alféizar de las ventanas, con unas cuatrocientas personas reunidas para oír hablar sobre yoga. Primero les hablé en hindi, después en inglés. Nuestro pequeño grupo regresó al ashram a tiempo para dirigir una mirada de despedida a Gandhi, quien estaba sumergido en la paz y en su correspondencia.

La noche reinaba todavía cuando me levanté, a las 5 a.m.. Después del desayuno, nuestro trío buscó a Gandhi para los pranams de la despedida. El santo se levanta a las cuatro de la mañana para sus oraciones.

-¡Mahatmaji, adiós! -Me arrodillé para tocar sus pies-. ¡La India está segura bajo su custodia!

NOTA: 12 años después de este encuentro, Mahatma Gandhi consiguió la independencia de la India, en agosto de 1947.

 

Comparte este contenido